Costumbres Argentinas: Un bondi para safar


         Ya no sorprendería a nadie enterarse que en el cráneo de un argentino las ideas entran a presión. En realidad la cuestión está bastante documentada y a casi nadie le caben dudas de que es así. Sólo basta apretarle un poco el cinturón para que aflore a través de sus pensamientos un criollo McGiver, capaz de saciar su hambre o mejorar sus finanzas de la mano de una buena idea. Si esas no son ideas a presión, yo no sé lo que son.

Por ejemplo, allá por el ´28 se presagiaba que el buque de la economía mundial se iba a pique y que las esperanzas de la Argentina descansaban en algún camarote de proa. El poder adquisitivo de la gente disminuía rápidamente; las familias argentinas comenzaban a recortar gastos y fue el taxi, transporte individual -por ende de lujo- el primero en sufrir las consecuencias. Hubo que poner las neuronas en movimiento.

            Afortunadamente los taxistas son especialmente aptos para la supervivencia. En Argentina se los reconoce dueños de una argentinidad elevada, potenciada; aunque a veces expresiones como estas tengan connotaciones sino negativas, no del todo positivas. La leyenda cuenta que, reunido en un bar de Villa Luro o Floresta, se le ocurrió a un grupo de taxistas la idea de multiplicar por cuatro el cupo de pasajeros dentro de cada coche, disminuir la tarifa individual a un cuarto de su valor original, hacer recorridos fijos (Por ejemplo: de Caballito a Plaza de Mayo) y arrancar apenas la capacidad del coche esté colmada. De esta manera quedaba inventado el bondi y, tanto pasajeros como chóferes o propietarios, ajustaban sus cinturones, bajaban sus pretensiones de lujo o comodidad, pero obtenían un indudable beneficio económico.

Con los años el crecimiento del emprendimiento llevó a ampliar la capacidad de los coches, mejorar los recorridos y adoptar cualquier medida que tendiera a consolidar el éxito del nuevo transporte. En el medio se suscitaron incontables conflictos: en primer lugar entre las distintas líneas de taxi-colectivos que proliferaban y competían a brazo partido entre si y, en segundo término frente a los tranvías, que consideraban al autobús como competencia desleal y lo combatieron todo lo que pudieron. El obvio triunfador en esta historia es el colectivo –sino no estaríamos hablando de él ¿verdad?- que, como todo lo que aspira el aire del Riachuelo, se aporteñó, se cubrió de fileteados y luego, cuando su uso se hubo extendido a través de todo el mundo, se modernizó y globalizó mirando hacia el norte, como casi todo en Argentina. Para no ser menos ¿vistes?


Aviso y recomiendo: La imagen la saqué de acá.