9 de Abril, 2007
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En países como el mío, cuando la gente se junta es una fiesta. Las
multitudes son cosa cotidiana y no asustan a nadie. Nos juntamos en la
cancha, en los recitales, en carnaval, en año nuevo; nos juntamos para
festejar y para protestar, nos juntamos para reír y para luchar y para
llorar. En América Latina, cuando la gente se junta, es una
fiesta. No nos cuesta entender la noción de espectáculo, solamente no
nos gusta. Algunos la aprovechan y está bien: el resto nos aburrimos.
Nos gusta la fiesta, nos gusta la comunicación, nos gusta la comunidad.
Nos encanta amontonarnos y cantar juntos, transpirar y saltar, reirnos
y llorar y hacer todas las cagadas que se pueda. No somos violentos ni
somos animales, nos gusta distinto y lo hacemos mejor que nadie,
festejamos mejor que ninguno. Acá nos juntamos y hacemos fiesta
del fútbol y de la música. Cuando hay un partido, por más importante y
definitorio que sea, cantamos y saltamos todo el partido y, de vez en
cuando, miramos lo que pasa en la cancha. Cuando hay un recital, cuando
un artista nos convoca y nos apelotona en un estadio, en un parque y
hasta en un teatro; cantamos con él, formamos el coro más grande y
espontáneo del mundo, creamos un monstruo que se mueve y ruge y nos
une. Cuando salimos a pelear, cosa bastante cotidiana a lo largo de
nuestra historia, lo hacemos con nuestras canciones, nuestros bombos,
nuestra música. Nos plantamos y hacemos una fiesta. Por más hambre que
haya, por más injusticia que nos subyugue, cantamos y saltamos y
hacemos ruido para que nos escuche el traidor de turno escondido tras
las ventanas. Como se ve, es cosa común que andemos así por la
vida, bajo muy diversas circunstancias. Pero la vida moderna se opone a
esas cosas. Se opone a que la gente se junte, a que la gente se exprese
verdaderamente. Nos prefiere mandando mensajitos de texto en los
restaurantes y en los cines, nos prefiere encerrados en un ciber o
frente a la tele. Y nosotros nos mandamos mensajitos para juntarnos y
en la tele y en el ciber vemos las imágenes de nuestras juntadas y
hacemos culto de esa característica nuestra que tanto amamos. ¿A qué viene todo esto?
Nos quieren matar el fútbol...
Un par de chorros que ostentan el control de las estructuras y quieren
que Europa sea todo el globo están decidiendo que tenemos que estar
todos sentados, callados. Como en el cine, como en la tele. Dicen que
somos violentos, que la culpa de la violencia es nuestra fiesta.
Mientras tanto, ellos arreglan campeonatos, roban partidos, roban
jugadores, roban ilusiones y nos matan el fútbol. Transan entre ellos y
con la policía y con los criminales. Nos matan a palos, nos corren como
a perros. Nos venden las entradas en condiciones lamentables, nos
amontonan como a vacas en la tribuna y en la fila de acceso. Nos hacen
mear en pozos fétidos y llenos de moscas y mierda en las paredes. Pero
los violentos, los animales, somos nosotros. Por eso abro esta convocatoria: hinchas de América: ¡¡todos de pie!!. |
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