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Antonio Mercado es casi antropólogo; estudió la carrera en la UNSa pero no se recibió porque "no le gustan los arqueólogos". En 1999 fue invitado a participar de las expediciones comandadas por Johan Reindhart que culminaron con el hallazgo de los Niños del Llullaillaco; al año siguiente fue nombrado Director del Museo de Cachi. Hoy, a 8 años de la expedición, cuenta algunos detalles perturbadores y hasta ahora desconocidos, como el uso de evidencia "tendenciosa" para justificar la excavación en la cumbre del Volcán. A continuación, el relato de la expedición en sus palabras.
A mí me llama la Provincia, cuando Johan Reindhart presenta los proyectos para trabajar tres montañas: El Chañi, el Quéhuar y el Llullaillaco. El proyecto consistía en revisar estas cumbres y, si presentaban evidencias de huaqueo, se iba a realizar las acciones de rescate correspondientes. Hasta ahí estaba de acuerdo: es una tarea difícil y hubiera sido muy loable su propósito.
Se llegó primero a la cumbre del Quéhuar y estaba dinamitada desde hacía más de veinte años. Alguien fue buscando tesoros y no tuvo mejor idea que sacarlo con cartuchos de dinamita, esa fue la actitud del buscador. En esa circunstancia se hizo el rescate, yo estuve muy de acuerdo: todo estaba muy frágil y se iba a perder en cualquier momento. Encontramos las ofrendas, papel de cigarrillo, cartuchos y sacamos el cuerpo de una nena de ocho años, a la que le faltaban los hombros, el cuello y la cabeza. Retiramos lo hallado y lo bajamos, era verdaderamente un rescate desde cualquier perspectiva: a partir de eso podíamos hacer muchos trabajos científicos.
De ahí nos quedaban el Chañi y el Llullaillaco: del primero sabía yo que arriba había cuerpos, ya había andado por ahí y los había visto. Pero la segunda era el Llullaillaco, que es la más alta, con más de 6.700 metros. Es una mole tan alta, tan inaccesible, que cuando empezamos a caminar me di cuenta que ahí nadie había tocado nada. Había gente que había llegado a la cumbre, montañistas, pero nadie había ido a cavar. Cuando llegamos, junto a dos compañeros –Alejandro y Cristian- dijimos: "bueno, aca no vamos a hacer nada, vamos para el Chañi". Reindhart dijo "no, acá vamos a excavar, porque vos viste que el cementerio –que está en la base, a 4.400 metros- estaba huaqueado". Si, es cierto, estaba huaqueado, pero hay unos 2.300 metros de altura, que en trayecto horizontal son muchos más. Además no tenés pueblos en el medio, no hay nada, el habitante más cercano, en Socompa, está a más de 70 kilómetros.
El encontró la prueba –tendenciosa- de huaqueo en el cementerio y subió. Dará cuentas a su conciencia, quedará a su criterio y el de los funcionarios de la Provincia. Yo creo que, a la larga o a la corta, todo esto entra a jugar dentro tuyo: te moviliza y está en vos aprender o no aprender lo que te pasa en la vida. A mi no me llena de orgullo ni nada.
"Bueno -dijo- vamos a excavar" y ahí arrancaron las peleas: nosotros dijimos que no. Entonces nos fuimos del lado chileno con un colega peruano a excavar un fuego, que le servía para una tesis que tenía. Mientras excavábamos el círculo de piedra este, recogiendo muestras de carbón y viendo el perfil de la construcción, etc; los demás estaban meta pico y pala en la cumbre. Éramos cuatro en contra y siete a favor; estos siete estaban ensañados no sabían si iban a encontrar algo pero no se podían ir con las manos vacías; imaginate: la expedición arqueológica más alta del mundo y la camarita de la National Geographic... y encontrar lo que encuentres.
Creo que Reindhart jamás soñó con encontrar nada, de hecho ni excavó: tenía su séquito de laceradores ahí a pico y pala y el filmaba y fotografiaba. Y puso la plata, claro.
Un día nos llaman a comer; a comer sí que nos juntábamos y de paso nos puteábamos. Nosotros queríamos desestabilizarlos, desalentarlos y obligarlos a volver. Pero ya habían arruinado la mitad de la cumbre. Ese día estábamos con mi colega –Rudy- y, entre broma y broma, le digo: "ustedes lo peruanos no tiene ni idea, son malísimos: meten pala sin saber lo que buscan". Para esto ya habían sacado un cuerpo, el del niño. Entonces agarro la masa, siguiendo con la broma y le tiro un mazazo, que el esquiva y va a dar al suelo. Ahí el suelo congelado se parte, o sea que algo había enterrado. Le dije a Rudy "sea lo que sea, lo sacamos nosotros". Empezamos a excavar y a los 60 centímetros encontramos una pluma, lo que me hizo pensar que era una estatuilla. Después salió de golpe todo ese tocado de plumas y me asusté mucho. Así encontramos a La Doncella.
Foto: Antonio Mercado (de rojo) transportando uno de los cuerpos. Enlaces: Cómo cuenta la noticia el MAAM Rejunte de notas Proyecto de Declaración, en la Cámara de Diputados de La Nación. |