17 de Noviembre, 2006


Una momia en el placard

    Alberto Rex González, eminencia de la arqueología de nuestro país, publicó en el año 2000 “Tiestos Dispersos”. “Tiestos” –como le gusta llamarlo- es una recopilación de anécdotas transcurridas durante su dilatada carrera y su larga vida.
    Si bien en un principio planeaba escribir una segunda parte, su avanzada edad y las múltiples tareas a las que se dedica (mayormente de reparación histórica), lo han hecho desistir de llevar adelante el proyecto.
    En una extensa entrevista que Agustín y yo le realizamos hace un mes, y a modo de adelanto de aquél volumen que nunca verá la luz –y de consuelo para nosotros, que admiramos su vida y obra- compartió con nosotros una jugosa anécdota que aquí presentamos:


    Estábamos en Perú con mi finada esposa que me acompañaba siempre. Solíamos salir los domingos, nos íbamos en ómnibus a lo largo de la Carretera Panamericana y ahí, a la orilla del camino, se veían cementerios saqueados por los huaqueos. Un problema muy frecuente en Perú, gente que abre las tumbas, extrae los restos y los vende. Un día fuimos a ver uno de esos cementerios saqueados y a la orilla de una tumba, entre huesos desparramados, había un cadáver disecado. Era una mujer, con el cráneo separado del resto del cuerpo, que tenía unas trenzas de alrededor de un metro veinte de largo, atadas con hilos de lana. Me pareció una pieza interesantísima.
    Para entonces yo era director del Museo del Instituto de Antropología de la Universidad de Córdoba. Inmediatamente pensé en traérmela, para exhibirla en el museito. La recogimos con una bolsa y la llevamos al hotel.
    Cuando empezamos a hacer el equipaje para volver a la Argentina, nos dimos con que teníamos un enorme exceso de equipaje, no podíamos traerla. La pregunta era qué hacer con ella, al tacho de basura no la podíamos tirar: era una irreverencia que yo no me iba permitir. Llamé al Museo Nacional para que vinieran a buscarla y me contestaron que no tenían personal, que era imposible. Después de muchas idas y venidas, se me ocurrió ponerla en el ropero, extendiendo sus enormes trenzas a los lados. Cerré las puertas y puse las llaves por ahí. Al otro día salimos para Buenos Aires.
    Cuando llegamos acá, un amigo mío salía para Lima y me pidió que le recomiende un hotel barato y limpio. Así que fue a parar al hotel que le recomendé y apenas mencionó mi nombre en la recepción lo sorprendieron con una exclamación: “¡ah! ¡El que dejó la momia!”. Parece ser que un matrimonio, supongo que de turistas, ocupó la habitación cuando nos fuimos. La mujer abrió el ropero y se encontró con la cabeza: las trenzas enormes, los ojos secos que la miraban; se pegó un susto terrible.
    No quiero imaginarme lo que habrá pensado la mujer, si efectivamente era turista. “Sabía que Perú era el país más rico del mundo en restos arqueológicos pero esto de encontrar momias en los placares ya es mucho”.

Agustín Fontenla, Cecilia Soubelet y Eduardo Médici :: Todos los derechos reservados.